Tres parejas del Ballet Contemporáneo en "Bailando en la oscuridad", obra que Ana María Stekelman creó para esta compañía en 1988 y ahora vuelve a escena en un Tres parejas del Ballet Contemporáneo en "Bailando en la oscuridad", obra que Ana María Stekelman creó para esta compañía en 1988 y ahora vuelve a escena en un

Un vínculo de varias generaciones enlaza tres obras, tres tiempos, en un rescate magistral

2026/02/14 01:49
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Stekelman en tres tiempos, coreografías de Ana María Stekelman. Bailando en la oscuridad. Diseño sonoro: Edgardo Rudnitzky sobre original de José Luis Díaz. Reposición coreográfica: Miguel Ángel Elías y Elizabeth Rodríguez; Nora Robles y Pedro Calveyra (tango). Reposición de vestuario y elementos: escenográficos Jorge Ferrari y Analía Morales, sobre diseño original de Gioia Fiorentino. Romance del diablo. Música: Ástor Piazzolla. Reposición coreográfica: Cecilia Figaredo. Vestuario: J. Ferrari, A. Morales. La consagración del tango. Música: Igor Stravinski, A. Piazzolla. Reposición coreográfica Andrea Chinetti, Melisa Buchelli y Diego Poblete; N. Robles y P. Calveyra (tango). Diseño sonoro: Edgardo Rudnitzky. Vestuario: J. Ferrari. Diseño de iluminación del espectáculo: Alberto Lemme. Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Dirección: Andrea Chinetti y Diego Poblete. Próximas funciones: en la sala Martín Coronado, Teatro San Martín: hoy, mañana y el domingo 15, a las 20. Anfiteatro de Parque Centenario: del 5 al de marzo.

Nuestra opinión: Excelente

Ven, mi corazón te llama/ ay, desesperadamente. Boleros en la voz de Elvira Ríos con letras de este tenor impregnan la escena con una atmósfera propia de una época en la que las pasiones se despertaban a dúo en salones de baile, una estética que Ana María Stekelman reelabora y complejiza con ironía en Bailando en la oscuridad, concebida hace casi cuarenta años para la misma compañía que ahora la rescata en Stekelman en tres tiempos, el espectáculo con el que el Ballet Contemporáneo y el Teatro San Martín rinden un emotivo tributo a una de sus fundadoras y por dos veces su conductora.

Un rapto acuático, en

Esta obra arranca en clave de tango-habanera con el inefable “Youcali” de Kurt Weill, bailado con la pulsación del tango porteño y con sutil firmeza por Matías Coria y Gastón Gómez. Es un anticipo (como lo fue en su estreno, en 1988) de lo que se perfilaría como el “sello Stekelman”, que –fuera del marco institucional del San Martín– habría de consolidarse con la compañía Tangokinesis, creada más tarde por la coreógrafa: se trata de la aproximación de lo académico a lo popular, especialmente a través de las partituras y los pasos de baile del tango tradicional.

La pieza (cuyo título nada tiene que ver con la célebre canción homónima de los años treinta de Arthur Schwartz) continúa con un rapto acuático, merced al proverbial trío femenino de Fiorella Federico, Catalina Weber y Eliana Picallo, muy armónicas en su accionar unísono; las tres, de rodillas, introducen sus cabezas en baldes y, con el cabello empapado, son “rescatadas” por tres varones que las levantan y, sobre el fondo de otro bolero de la Ríos son amorosamente elevadas y desplazadas. Como contracara de la tendresse romántica de estos vínculos, irrumpe a todo ritmo una vieja versión de Francisco Canaro de “La cumparsita”: contrastes propios del sello Stekelman.

Y, finalmente, se gesta uno de los hallazgos seudodramáticos (y casi surrealistas) de la pieza: ingresa “la vestida de rojo” –según un atractivo diseño de Gioia Fiorentino–, asumida ahora (hubo reconocidas intérpretes en ese rol) por Carolina Capriati, quien, con contenida dinámica slow, camina abstraída sobre una serie de bancos que se van desplazando ya sobre el final, a fin de extender un imaginario puente, acaso para transitar por la vida: la incertidumbre, lo imprevisible es el sentido que la autora le asigna, en esta concepción, al vocablo ”oscuridad”, en un desfile de situaciones idílicas, de un erotismo sublimado, como en un film mexicano de los años cincuenta.

Rubén Rodríguez y Lucía Bargados, en

Romance del Diablo es un pasaje del espectáculo Bocca tango, que Stekelman concibió para la compañía del legendario bailarín, y que sintetiza en un dúo de marcada espectacularidad la aproximación que generó la coreógrafa entre ciertas corrientes de la danza contemporánea –códigos continuadores de la escuela Graham, más el neoexpresionismo alemán de Dore Hoyer, que le llegó a través de Oscar Araiz, y de Paulina Ossona, sus maestros) y el repertorio de figuras del tango-danza, al que Stekelman proyectó a una inusitada estilización académica.

El difícil dúo, impregnado de portés violentos, écartés en el piso y deslizamientos que ejecutan con admirable fluidez Rubén Rodríguez y Lucía Bargados, es una muestra de esa simbiosis en la que destella la sorprendente energía de movimiento con la que Stekelman concebía sus trazados.

Vicente Manzoni, con su falda granate, en un destacado desempeño solista en

Chispazos neoclásicos

El emblemático solo de fagot que inicia La consagración de la primavera, de Stravinsky, se funde con “Escualo”, de Piazzolla, en un montaje “de ingeniería” de Edgardo Rudnitzky para la compleja banda sonora de La consagración del tango. Mientras, Vicente Manzoni, sentado en el centro, ejecuta un expresivo despliegue de torso y brazos, con una inmensa pollera granate. El tema “intruso” de Piazzolla convoca a una pareja de auténticos bailarines tangueros. Un quinteto de mujeres con vestidos largos de satén de brillante colorido (el vestuario original fue de Jorge Ferrari) precede a la aparición de Camila Arechavaleta encarnando una figura equivalente a “la elegida” para el sacrificio, según las coreografías tradicionales de La consagración… El torbellino corporal de su solo es abrumador. Se complementará adecuadamente con Manzoni, después de que este ejecute su solo, impregnado de chispazos neoclásicos (la pieza fue concebida para Bocca, no hay que olvidar, y nunca había sido bailada por esta compañía).

El Ballet Contemporáneo, ahora conducido con firmeza por Andrea Chinetti y codirigido por Diego Poblete, consuma un programa que, más allá del tributo retrospectivo a Stekelman (una de sus fundadoras), depara una continuidad artística intrínseca que pronto cumplirá medio siglo, que lleva adelante una suerte de constelación estética de maestros que van pasando la antorcha, desde Araiz hasta Chinetti, algo que asegura la sostenida calidad de una compañía de nivel internacional. Así, en este rescate de obras de tres épocas de Ana María Stekelman se impusieron las ovaciones (no exentas de emoción), con una sorpresa al final: en el saludo, Julio Bocca en persona subió al escenario y abrazó a su excoreógrafa y, al integrarse con los bailarines de la casa para saludar, entabló un vínculo no solo de varias generaciones sino, también, de distintas disciplinas de la danza.

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