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Jaime Bayly: “Trump me parece un desastre, un matón, un mitómano, un racista, un impresentable. Pero la captura de Maduro era necesaria”

2026/02/15 17:00
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La buena fortuna, el azar o las coincidencias parecen arropar a Jaime Bayly. Tres meses antes de que el escritor publicara Los genios, la novela sobre la trompada que Vargas Llosa le propinó a García Márquez en 1976, Isabel Preysler daba por terminado su matrimonio con el Nobel de Literatura peruano. En aquel momento, la prensa especuló sobre la ruptura amorosa de la socialité española y Vargas Llosa; y la novela de Bayly sobre la ruptura de esa amistad legendaria entre los escritores del boom latinoamericano –“los monstruos sagrados”-, encontró miles de lectores en América y España y fue un verdadero éxito de ventas.

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Este año, en enero de 2026, en vísperas de la publicación de su flamante novela Los golpistas (Galaxia Gutenberg), sobre el intento de golpe de Estado a Hugo Chávez en abril de 2002, Donald Trump interviene Venezuela, derroca y captura a Nicolás Maduro. “A pesar de que lo critico asiduamente, Trump me ha hecho una promoción inestimable. La verdad es que aplaudí con entusiasmo la captura de Maduro”, dice Bayly desde Miami, a poco de viajar a España para la presentación de la novela. Con pluma pícara y filosa, el escritor recrea los tres días turbulentos de ese abril de 2002 en los que Chávez salvó su vida no una sino varias veces y regresó al poder por la impericia y el amateurismo de los confabulados.

“En la novela todos son golpistas, los de izquierda y los de derecha, los militares y los curas, los empresarios y los sindicalistas. Porque Chávez era un golpista, un dictador, cuando le dieron el golpe fallido de 2002, y quienes lo derrocaron eran también unos golpistas, solo que esos conjurados carecían de una mínima astucia para sostenerse en el poder”, explica Bayly.

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En 1998 Bayly entrevistó a Chávez, el candidato favorito a la presidencia, en su programa de televisión emitido desde Miami. Pero en lugar de sentarse en el set, Chávez debió salir vía satélite desde Caracas: los Estados Unidos le rechazaron la visa una y otra vez. “Si Chávez y su familia iban a Disney, y luego compraban chucherías en el Dolphin Mall, habrían descubierto la superioridad moral del capitalismo de Miami sobre el comunismo de Cuba”, bromea Bayly.

Consultado sobre los dos años de gobierno de Javier Milei, Bayly elogia la gestión económica, pero critica los insultos. las acusaciones infundadas a periodistas y la intolerancia a las disidencias. “Cuando dice groserías contra un periodista y lo acusa sin pruebas de cohechado, está abusando de su poder, de su tribuna, está acanallando su investidura, la está rebajando, devaluando”, sostiene Bayly. “No basta con que la moneda no se deprecie, si la palabra del presidente se devalúa. El poder debe ejercerse con prudencia y sabiduría. Y un verdadero liberal debe aceptar las críticas sin perder el aplomo”.

Hijo libertario de una familia conservadora, Bayly, que ha ejercido la libertad en todos los planos de su vida, fija posición: “No vale ser libertario solo en la economía. Carece de mérito, a estas alturas, ser un capitalista, un defensor del libre mercado (...). Yo soy también un defensor de la libertad en asuntos más espinosos, más complejos, más íntimos. Respeto la libertad de las mujeres que desean interrumpir un embarazo. Respeto la libertad de las minorías sexuales para tener los mismos derechos que las mayorías sexuales (...). Por eso no me considero un libertario que, como muchos de los derechistas vocingleros y prepotentes que ahora están en boga, se manifiesta contra el aborto, contra los gays, contra los inmigrantes, contra los ateos, contra los drogadictos”.

En la entrevista que Bayly le realizó a Milei en 2023, en plena campaña electoral, el escritor habló de su bisexualidad y le preguntó al candidato presidencial si era homofóbico. “Si vos querés estar con un elefante y tenés el consentimiento del elefante...”, respondió Milei. La frase, dice, lo dejó helado. “Me pareció una respuesta homofóbica. No puedes comparar la homosexualidad con el bestialismo. El deseo erótico entre personas del mismo sexo es algo natural que debe expresarse con toda libertad y estar protegido por la ley, si esas parejas desean casarse y poseer los mismos derechos que las parejas heterosexuales. ¿Quién carajos practica la zoofilia al punto de querer follar con un elefante, o casarse con el paquidermo? ¡Nadie!”.

La publicación de Los golpistas será la excusa para que Bayly vuelva a Buenos Aires una vez más, para participar de la Feria Internacional del Libro, en el mes de mayo.

–¿Por qué sentiste ganas de escribir Los golpistas? ¿Cuál es la prehistoria de esta historia que elegiste contar?

–Yo escribo novelas para tratar de entender por qué ocurren las cosas. Me pasé media vida tratando de entender por qué Vargas Llosa le dio un puñetazo a García Márquez en un teatro mexicano, y de esa curiosidad surgió mi novela parricida Los genios. Y me he pasado los últimos veinte años tratando de entender por qué el golpe que le dieron a Hugo Chávez en abril de 2002 triunfó el primer día y fracasó el tercer día, por qué los golpistas se arrepintieron, por qué permitieron que Chavez volviera al poder. He entrevistado a muchos venezolanos en los últimos veinte años: a políticos, a escritores, a periodistas, a actores, a cantantes, a humoristas. Y a menudo les preguntaba por qué fracasó el golpe contra Chávez.

–¿Y cuáles eran las respuestas?

–Curiosamente, pocos sabían responder esa pregunta. Ellos no se lo explicaban y yo tampoco. Chávez me resultaba un personaje fascinante, no el dictador latinoamericano clásico, sino el dictador que era ante todo un animador de televisión. Yo lo entrevisté antes de que llegara al poder. Quería venir a Miami. Los gringos no le dieron la visa. Grave error. Chávez cultivó luego ese rencor minucioso contra ellos. Y en mi programa los exabruptos de Chávez solían tener un espacio estelar. Poco a poco fui armando el rompecabezas en los últimos veinte años, hasta que sentí que ya podía contar la historia de por qué Chávez salvó la vida en aquel golpe fallido en abril de 2002 y por qué los conspiradores se achantaron como unos amateurs y permitieron su regreso al poder.

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–Es una novela atravesada por conjuras, confabulaciones, azares y traiciones. Todos los protagonistas del libro han sido, son o devienen golpistas. ¿Podrías contar algo sobre la elección del título?

–El título original era “Cabrones de mala entraña”. Pero luego pensé que todos los cabrones son de mala entraña y que no convenía comenzar la trama con insultos. Prefiero que el lector insulte, a quien quiera, incluyendo al autor. Luego pensé en “Los genios del mal”, tratando de estirar el éxito de “Los genios” a secas. Después comprendí que Fidel Castro era un genio del mal, pero no Chávez que, siendo malo, no era genial. Al final resultó evidente que, como en la novela todos son golpistas, los de izquierda y los de derecha, los militares y los curas, los empresarios y los sindicalistas, entonces el título más exacto era Los golpistas. Porque Chávez era un golpista, un dictador, cuando le dieron el golpe fallido de 2002, y quienes lo derrocaron eran también unos golpistas, solo que esos conjurados que carecían de una mínima astucia para sostenerse en el poder.

–El golpe contra Chávez, en abril de 2002, duró tres días. Por momentos, tu novela parece una comedia de enredos, con situaciones absurdas, hilarantes e insólitas. ¿Por qué crees que ese golpe terminó fracasando a pesar de haber sido “exitoso” el primer día? Y como sos novelista, te pediría que imagines un final diferente al que fue.

–El golpe contra Chávez fracasó porque los golpistas, unos militares mórbidamente obesos, fueron unos amateurs. No tenían un plan. Capturaron a Chávez, lo obligaron a renunciar y enseguida se preguntaron ¿y ahora qué hacemos con Chávez? ¿Lo fusilamos? ¿Lo mandamos a La Habana? ¿Le damos cadena perpetua? No sabían qué hacer. Tampoco sabían quién debía asumir el gobierno. Fueron improvisando. Y así les fue. En tres días el golpe se desintegró por la oceánica idiotez de los conspiradores. Permitieron que se juramentase como presidente un empresario, Pedro Carmona, apoyado por los curas, que carecía de legitimidad. Luego el empresario humilló a los golpistas porque no les concedió los cargos que ellos deseaban. Entonces ocurrió algo insólito, esperpéntico: tras darle un golpe a Chávez, le dan un golpe a Carmona, el empresario santurrón. Y se convencen de que Chávez debe volver al poder. Lo que equivalía, por supuesto, a suicidarse políticamente. ¿Pudo ese golpe restaurar la libertad y la democracia en Venezuela? Sí. ¿Qué debió hacer Carmona? No disolver los poderes públicos, jurar en el Congreso, complacer a los jefes militares conjurados, enviar a Chávez a La Habana y convocar a elecciones limpias en tres meses, sin que él pudiera ser candidato. Pero la clave era contentar a los golpistas, no desairarlos, y en eso careció de olfato, de astucia, de clarividencia.

Jaime Bayly

–Como contabas, en 1998 entrevistaste en tu programa a Hugo Chávez; era uno de los candidatos presidenciales y buscaba llegar a la primera magistratura por la vía democrática, después de sus fallidos intentos por vía militar. Chávez, que había sido invitado al set de televisión –como tantas otras figuras que eran invitadas a Miami, con todo pago– terminó saliendo vía satélite porque los Estados Unidos le rechazaba la visa una y otra vez. Él quería llevar a su familia a Disney.

–Así es. Yo creo que los gringos se equivocaron gravemente al negarle la visa de turista a Chávez, como se equivocaron al negarle la visa de turista a Maradona, por ser cocainómano. A Chávez le prohibieron entrar a este país por golpista. ¿Era un golpista? Sí, desde luego. Pero había pasado dos años en la cárcel por ser golpista, y luego había sido indultado, y cuando nosotros pedimos la visa a Chávez para entrevistarlo en Miami, ya era el favorito para ganar las elecciones presidenciales. Debieron darle la visa. Quien sabe si Chávez y su familia iban a Disney, y luego compraban chucherías en el Dolphin Mall, habrían descubierto la superioridad moral del capitalismo de Miami sobre el comunismo de Cuba. Pero los gringos, al humillar a Chávez, lo arrojaron a los brazos de Fidel. Y Chávez no era un comunista ortodoxo. Pero Fidel, mucho más astuto, un dictador profesional, un genio del mal, lo sedujo, le dijo que era su heredero natural para comandar la revolución en América, lo colonizó mentalmente y convirtió a Chávez en un muñeco hablantín y dispendioso de su parque temático de la maldad.

–En esa entrevista televisiva, Chávez se mostró capitalista, moderado, demócrata. Dijo que Cuba era una dictadura y criticó a Fidel Castro. ¿Le creíste?

–No le creí del todo. Yo sabía de buena fuente que ya era muy cercano a Fidel. Y que Fidel le había dicho: olvídate de dar más golpes militares, Hugo, funda un partido, presenta tu candidatura y vas a ganar por paliza. El consejo de Fidel era cínico y eficaz: para ganar las elecciones debes seducir al pueblo, y para seducirlo debes dar la imagen de ser un caballero honorable, moderado, tolerante, reflexivo, un auténtico demócrata. Fidel, el gran titiritero, le escribió el guion, y Chávez, marioneta graciosa y persuasiva, lo ejecutó con maestría. Yo debí ser más severo en aquella entrevista. Pero no estábamos cara a cara. Como no le dieron la visa, la charla fue vía satélite, él desde Caracas. Debí decirle: si fuera venezolano, no votaría por usted. Claro que tampoco le dije: yo votaría por usted. Expresé mi desconfianza ante sus promesas moderadas, dado su pasado de golpista militar. Pero el tono de la charla fue amable y por eso, cuando triunfó meses después, me invitó a su juramentación. Elegí no ir. Ya entonces mis amigos mejor informados me decían que Chávez tenía que elegir entre ser amigo de Bill Clinton y Gustavo Cisneros, o ser amigo de Fidel y Raúl Castro. Antes de juramentarse como presidente, ya había elegido, por supuesto.

–Meses después de la victoria de Chávez, Planeta, la editorial que publicaba tus libros, te invitó a Caracas para presentarlo y dar entrevistas. Fuiste y lo criticaste en los programas de radio y televisión. ¿Qué pasó cuando estabas a punto de salir de Venezuela?

–Ya siendo Chávez un dictador que había reformado la Constitución a la medida de sus apetencias autoritarias, y que se postulaba a una primera reelección, violando las promesas que hizo en mi programa y en otros cuando simulaba ser un demócrata cabal, viajé a Caracas a presentar una novela, La mujer de mi hermano. En esa ciudad me conocían por la televisión. Concedí numerosas entrevistas en los canales de aire y en las radios más sintonizadas. Todavía había libertad de prensa en Venezuela. Y, como suele ocurrir, hablamos mucho más de política que de libros. Y a mí, como sabes, no me disgusta hablar de política.

–Queda clarísimo.

–Yo critiqué a Chávez duramente, estando en Caracas. Dije que era un aprendiz de dictador y que su modelo era la Cuba comunista de Fidel. Dije que cambiar la Constitución y permitir la reelección eran formas tramposas y abusivas de ejercer el poder. Dije que iba por mal camino. Después supe que a él no solo le molestaron mis críticas, sino también que no le pidiese una audiencia, una entrevista. Estaba furioso porque no lo entrevisté. Es que él vivía para las cámaras. No me perdonó ese agravio. La tarde en que volvía de Caracas a Miami, unos agentes militares me detuvieron, revisaron mis valijas y me sometieron a un interrogatorio perfectamente idiota, cuyo propósito era amendrentarme y, de paso, hacerme perder el vuelo. Yo no soy un hombre valiente. Consiguieron ambas cosas. Estaba aterrado. Me dijeron: “Si regresa, y vuelve a traer drogas, irá preso”. Yo no había llevado drogas. Era una manera de decirme: “La próxima vez, si pasa por Caracas, encontraremos drogas en su equipaje”. Yo siempre llevo drogas cuando viajo, pero las llevo en mi torrente sanguíneo, no en mis valijas, pues todas las noches tomo un número obsceno de pastillas para no volverme loco, o no del todo. Aquella noche en el hotel de Caracas, pensé que Chávez, despechado porque no lo entrevisté, mandaría a sus matones a arrestarme. No ocurrió. Pero, cuando me marché por fin de esa ciudad, me juré que no volvería, mientras esos hampones detentasen el poder. Y así fue. No he regresado.

–Mientras Los golpistas está saliendo de la imprenta, Trump despliega una operación militar en Venezuela, extrae y captura a Maduro, dice que va a gobernar ese país, critica a la líder opositora María Corina Machado y elogia a Delcy Rodríguez, presidente a cargo. ¿Cuál es tu mirada de lo que pasó el 3 de enero y de lo que está pasando ahora en Venezuela?

–He tenido suerte. Cuando estaba por salir Los genios, la señora Preysler rompió con Vargas Llosa y le escribió “manda a alguien a recoger tus cosas, que a esta casa no entras más”. Y ahora, en vísperas de publicar Los golpistas, sobre Hugo Chávez, la Fuerza Delta le asesta un golpe de madrugada al dictador Maduro. A pesar de que lo critico asiduamente, Trump me ha hecho una promoción inestimable. La verdad es que aplaudí con entusiasmo la captura de Maduro. Así como me pareció una operación brillante y moralmente inobjetable que Obama ordenase invadir Pakistán de madrugada par dar de baja a Bin Laden, me pareció también que Trump acertó en grande al enviar a sus mejores soldados en helicóptero a invadir Caracas un par de horas y capturar al dictador Maduro. Es lo único bueno que ha hecho Trump en su primer año. Después me parece un desastre, un matón, un mitómano, un racista, un impresentable. Pero la captura de Maduro era necesaria. Lástima que no arrestaron también a Cabello. Ahora el peligro es que la luna de miel entre Trump y Delcy Rodríguez se extienda dos o tres años. Eso sería terrible.

–Has ejercido la libertad plena en todos los aspectos de tu vida. ¿Qué es un libertario? ¿Qué supone ser un libertario?

–Sí, yo defiendo la libertad. Pero no vale ser libertario solo en la economía. Carece de mérito, a estas alturas, ser un capitalista, un defensor del libre mercado. Trump no lo es, Trump es un mercantilista y un enemigo del libre comercio, del libre mercado. Yo soy también un defensor de la libertad en asuntos más espinosos, más complejos, más íntimos. Respeto la libertad de las mujeres que desean interrumpir un embarazo. Respeto la libertad de las minorías sexuales para tener los mismos derechos que las mayorías sexuales. Respeto la libertad de los individuos para creer en cualquier confesión religiosa o no creer en ninguna; y por eso el Estado debería ser rigurosamente laico y no favorecer con exenciones y prebendas a una determinada religión o cofradía. Respeto la libertad de las personas adultas para intoxicarse, si así lo desean. Respeto la libertad de los ciudadanos para escapar de países que no son libres y buscar refugio en países que sí lo son. Por eso no me considero un libertario que, como muchos de los derechistas vocingleros y prepotentes que ahora están en boga, se manifiesta contra el aborto, contra los gays, contra los inmigrantes, contra los ateos, contra los drogadictos. Yo defiendo la libertad de las mujeres que abortan, de los individuos que cambian de sexo, de las parejas del mismo sexo que desean casarse y adoptar niños, de los inmigrantes sin papeles, de los ateos, de los drogadictos. Yo defiendo a los más débiles, a los que sufren, a los desheredados de esta tierra. Mi madre me enseñó a defender a los más pobres.

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–Entrevistaste a Javier Milei cuando era candidato a la presidencia y te mostraste seguro de que iba a ser “el elegido”. Se autodeclaraba como liberal libertario. Como vos, parecían pertenecer a “la misma familia”. ¿Es Milei un libertario?

–Milei es un libertario en la economía, cómo no: un libertario clásico, ortodoxo, de la escuela austríaca, bien educado, que ha leído a Mises, a Hayek y a Friedman, rasgo notable en un político. Pero en temas de moral individual, como el aborto legal y los derechos de las minorías sexuales, no me parece un libertario coherente. Y siendo Trump un presidente racista y xenofóbico, antiliberal en muchos temas, incluyendo el comercio, creo que ningún libertario cabal debería apoyarlo a rajatabla. Pero Milei lo apoya con un cierto candor adolescente, acaso sin advertir que en el país de Trump la odiosa policía migratoria, que por abusiva esconde su rostro, arresta a los sospechosos por su perfil racial: si parecen mexicanos, van presos por las dudas.

–En ese reportaje le dijiste que vos eras bisexual y le preguntaste si él era homofóbico. Contestó: “A mí qué me importa, si vos querés, es más, si fuera por vos, digamos, o sea, supongamos que vos querés estar con un elefante, si tenés el consentimiento del elefante...”. ¿Qué te produjo esa respuesta?

–Me dejó helado. Me pareció una respuesta homofóbica. No puedes comparar la homosexualidad con el bestialismo. El deseo erótico entre personas del mismo sexo es algo natural que debe expresarse con toda libertad y estar protegido por la ley, si esas parejas desean casarse y poseer los mismos derechos que las parejas heterosexuales. ¿Quién carajos practica la zoofilia al punto de querer follar con un elefante, o casarse con el paquidermo? ¡Nadie! O nadie, que yo sepa. Por lo demás, cuando Milei me dijo esa metáfora elefantiásica, me dejó una duda terrible: ¿será que cuando me ve, ve en mí a un elefante libidinoso? Quedé muy deprimido después de la entrevista, me sentí un elefante.

–¿Cómo describirías el liderazgo de Javier Milei?

–Hechas las sumas y las restas, Milei ha sido un buen presidente. Su tarea más urgente era sanear la economía y lo está haciendo bien. Me hubiera gustado que cumpliera su promesa de dolarizar del todo, no se animó, una lástima, sería lindo que los jubilados cobrasen sus pensiones en dólares. Pero Milei era infinitamente mejor que Massa. Y es infinitamente mejor que Kicillof. No es perfecto, desde luego, ningún político lo es. No me gusta nada cuando insulta a periodistas, insinuando sin pruebas que son corruptos. Tampoco me gusta cuando adula a Trump y lo presenta como el salvador del mundo libre. Pero, si comparamos a Milei con los dos Fernández, quiero decir con Cristina y Alberto, creo que la Argentina ha dado un gran paso hacia la libertad y la modernidad.

–¿Cómo ves el proceso que está llevando adelante Milei en la Argentina?

–Lo veo con simpatía. Quiero que tenga éxito porque siento un genuino afecto por los argentinos. Merecen vivir en un país mejor. Lo más importante es que la Argentina tenga una economía libre, abierta al mundo, capitalista sin complejos, como la de Chile, sin ir más lejos. En ese sentido, creo que va por buen camino. Lo que no me gusta es que insulte tanto. El presidente representa a la nación, no solo a sus fanáticos. Cuando dice groserías contra un periodista y lo acusa sin pruebas de cohechado, está abusando de su poder, de su tribuna, está acanallando su investidura, la está rebajando, devaluando. No basta con que la moneda no se deprecie, si la palabra del presidente se devalúa. El poder debe ejercerse con prudencia y sabiduría. Y un verdadero liberal debe aceptar las críticas sin perder el aplomo.

–Vivís en los EE.UU. desde hace tres décadas; ahora, en tiempos de Trump. ¿Coincidís con quienes afirman que los EE.UU. han dejado de ser una democracia, o que está en vías de dejar de serlo?

–Este país todavía es una democracia. Lleva doscientos cincuenta años siendo una democracia invicta. Nunca un golpe de Estado. El único golpe fallido fue el de Trump en enero de 2021, cuando se resistía a entregar el poder. Trump es un peligro, una amenaza, un aprendiz de dictador. Es un hombre deshonesto, tramposo, que miente sin culpas ni remordimientos, y que es perfectamente capaz de amañar las elecciones para que los suyos sigan en el poder. Estoy orgulloso de no haber votado por él, en ninguna de sus tres postulaciones.

–¿Cómo describirías la relación entre Trump y Milei?

–Trump tiene algunas cosas que a Milei le gustaría tener: tres o cuatro billones de dólares, una mujer que parece una modelo, un avión o varios, un helicóptero, un castillo en Palm Beach, campos de golf, una torre en la Quinta Avenida. Pero Milei tiene ciertas cosas que acaso Trump le envidiaría: es relativamente joven, puede reelegirse, canta y baila bien, tiene una melena frondosa, leonina, y no está atado a ninguna mujer, lo que le permite ir de picaflor. Yo creo que Milei ve a Trump como el padre que hubiera deseado tener: un padre rico y poderoso que le dice cosas bonitas.

–El 19 de febrero cumplís 61 años. ¿Cómo te encuentra esta vez? ¿Hacés balance? Y en ese caso, ¿qué arroja hoy?

–Cumpliré 61 años en Madrid, presentando la novela Los genios. Ese día, jueves 19 de febrero –día del cumpleaños de Cristina Fernández, quien sospecho que no me lee–, firmaré ejemplares en Casa del Libro de la Gran Vía. Será una espléndida celebración. Me da miedo decir que soy feliz. Pero lo soy. Estoy muy enamorado de mi esposa, amo a mis tres hijas, son unas campeonas, yo nací para sentir el profundo orgullo de ser padre de mis hijas, que me superan en todo. Y, mal que mal, sigo haciendo lo que me da la gana: escribiendo novelas, saliendo en televisión todas las noches, viajando a ciudades donde presiento que se me esconde alguna forma de felicidad que debo descubrir. Extrañamente, todas las noches, antes de dormir, agradezco a los dioses por tantas bendiciones. Y cuando me siento débil, confundido, descorazonado, viajo a abrazar a mi madre.

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