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Madanes Quintanilla y FATE: el que avisa no traiciona

2026/02/24 16:00
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Hace cinco años que Javier Madanes Quintanilla (73) no es, en lo formal, el dueño del grupo familiar. En diciembre de 2020, les donó sus acciones a sus hijos: Pía (27), José (25) y Ramón (24). Padre de grande, penaba -irónicamente- porque le habían salido libertarios. Justo a él, que siempre se había expresado como una voz distinta entre los Dueños de la Argentina, un coro que, a pesar de su heterogeneidad, sus muchas diferencias internas y sus muy distintos bemoles, tendió más a entonar arias no intervencionistas, al menos, durante los últimos 20 años. Madanes, en cambio, prefirió partituras desarrollistas, ejecutadas por los privados pero bajo la batuta del Estado. Canciones hoy pasadas de moda, viejas, que atrasan 100 años para el gusto de sus críticos, fanatizados por los estridentes rocks de libre mercado que ruge Javier Milei.

Pero, para Madanes, Estado fuerte no es sinónimo de grande, mucho menos de bobo. Dio testimonio de eso. En marzo de 2002, se fundó la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Parida por el colapso de 2001, fue la primera entidad que juntó borgeanamente -es decir, por el espanto- a los más grandes empresarios del país. La foto fundacional, en el Museo Fernández Blanco, mostró a Amalia Lacroze de Fortabat (Loma Negra), Luis Pagani (Arcor), Federico Braun (La Anónima), Arturo Acevedo (Acindar), Alfredo Coto, Santiago Soldati (Sociedad Comercial del Plata), Héctor Magnetto (Clarín), Enrique Pescarmona (Impsa) y Cristiano Rattazzi (Fiat), entre otros. También, a Manuel Sacerdote (CEO del BankBoston), Miguel Acevedo, Oscar Vicente y Luis Betnaza, los últimos tres, respectivos coroneles de Roberto Urquía (AGD), Gregorio Perez Companc (Pecom) y Paolo Rocca (Techint).

La primera controversia pública de AEA fue la filtración de una carta, a través de la cual Madanes Quintanilla -FATE y, sobre todo, Aluar le merecieron la membresía a ese selecto club- se opuso a la gestión que hacía AEA para que el Estado les diera un seguro de cambio a aquellas empresas endeudas en dólares que habían quedado descalzadas por la devaluación y la pesificación asimétrica del gobierno de emergencia que encabezó Eduardo Duhalde.

Promover mecanismos de licuación no sólo perjudica al grueso de la sociedad, sino que, además, termina perjudicando nuestra imagen en el mundo para conseguir financiamiento”, repudió Madanes esa “vocación de socializar deudas privadas”.

En una columna, publicada en La Nación también en esos días, amplió: “Ganarnos el respeto de los demás sólo es posible respetándonos a nosotros mismos. Y una condición para el propio respeto es asumir que debemos preservar nuestra identidad. Se impone acordar, entre todos, en qué sectores debe preservarse la participación del capital nacional y cuáles son las reglas de juego para lograrlo. Interpretar sanamente esta alternativa no es proponer prebendas de un estado empobrecido, sino encontrar un camino que preserve la identidad y permita honrar con crecimiento los compromisos. Pero, también, la identidad nos obliga a rechazar el facilismo de subastar al mejor postor nuestras compañías para tener un exilio dorado”.

Alusión directa a varios miembros de AEA que ya habían curado sus heridas de la crisis con billetes de origen brasileño. Quilmes se vendió a Brahma y Perez Companc, a Petrobras pocas semanas después del nacimiento de la entidad. Menos de dos años después, sería el turno de Loma Negra a Camargo Correa.

Uno rechaza las ofertas cuando las considera. Y no consideré ninguna”, le respondía el dueño de Aluar a este cronista, en una entrevista de mediados de 2005. “¿Las consideraría?”, se le repreguntó. “No veo por qué me tengan que echar de un lugar que estoy muy a gusto. Ahora… El día que lo juzgue conveniente para mí o para mi familia, seremos nosotros quienes salgamos a buscar comprador. Pero no es un escenario que planteo. Para nosotros, es un tema de identidad. Es feo andar por el mundo con la billetera suelta, sin otra cosa que hacer”.

Las ventas de Loma Negra, Perez Companc “y otras que debilitaron el capitalismo nacional” le provocaron “mucha tristeza”, contaba. “La existencia de una burguesía nacional es buena y llevará mucho tiempo reconstruirla. Sobre todo, cuando se perdió tanto terreno. Habrá que tener paciencia y apostar por un modelo como el que tuvimos hace años”, decía.

Ese paraíso perdido, definía, había sido “el período de mayor industrialización del país, en el que, por iniciativa estatal, se impulsaron muchas actividades”. Forma políticamente correcta de aludir al período de los ‘20 a los ‘70, atravesado por radicales, conservadores, el primer peronismo y dictaduras militares. Es decir, el de la “decadencia argentina” para la batalla cultural; el posterior a la “Edad de Oro” de la Argentina que tanto reivindica Milei.

En esa entrevista de El Cronista, Madanes calificaba a la antinomia público-privado de “absurda”. “Por muchos años, nos pareció que todo era ineficiente y negativo. El Estado debe recuperar su papel dinamizador. Hace falta un consenso para recuperar la inversión, con un Estado que sea referente para un sector privado muy comprometido. Hay que sacarse los prejuicios de los ‘90”.

Palabras en línea con las que había manifestado en 1999.Necesitamos una nueva visión de país que facilite nuestra reinserción en el mundo, distinta de la actual, que nos sacó de la crisis hiperinflacionaria”, planteó en el anuario de la Unión Industrial Argentina (UIA) de ese año.

Ya tendría tiempo para decepcionarse con el “modelo de acumulación con matriz productiva diversificada e inclusión social” al que el matrimonio Kirchner le puso todo su afán. Años en los que dos condiciones -ser el único productor de aluminio y uno de los tres fabricantes de neumáticos del país- le valieron un trato por parte de Guillermo Moreno muy distinto al que hoy algunos dicen recordar.

Los empresarios argentinos somos todos sobrevivientes”, definió alguna vez Eduardo Costantini. Madanes no es la excepción y los 12 primeros años de kirchnerismo fueron de supervivencia. Adaptado a los nuevos aires, no dudó en subirse a la ola verde que de construcción de parques eólicos que fomentó Mauricio Macri. Pero también sopló viento adverso. En diciembre de 2019, Donald Trump despidió a “su amigo” con la restitución de los aranceles al aluminio argentino que, a pedido de la Casa Rosada, había suspendido un año y medio antes.

Ya algunos meses antes de eso, Madanes volvía a mostrar preocupación.Le tengo tanto miedo a volver al pasado como al tiempo perdido en estos tres años y medio”, decía, en otra entrevista con este diario.

Uno no puede ser un negador y ver el mundo con el espejo retrovisor. Hay una nueva economía, atractiva. Pero me parece primitiva la forma de pensamiento: debatir si nos vamos a dedicar a producir leche en polvo (o aluminio o remeras), o a minar bitcoins. Cuando uno pone el ‘o’, se autolimita. Tenemos uqe cambiar el ‘o’ por el ‘y’”, planteaba. Aseguró que Macri quiso da un salto “demasiado rápido” hacia la nueva economía, “sin corregir las condiciones de base”.

Pretender hacerlo sin tener el circuito de la educación sostenido lo hará muy selectivo. Servirá para 300 start-ups, de las cuales sobrevivirá el 10% en un país de 45 millones de habitantes. ¿Hay que hacerlo? Por supuesto. Pero… ¿qué pasa con el resto? No es algo que se logre en un año o en un mandato”.

Para entonces, FATE -el paso inicial de su grupo, la empresa que fundó su abuelo Leiser en 1940- ya era la fuente de sus desvelos. Había pedido un procedimiento preventivo de crisis (PPC) ese año; Madanes, también, le inyectó u$s 45 millones. “Hay dos caminos: me corto un brazo o trato de que el cuerpo esté más ágil. Intentamos lo segundo. Con un gran esfuerzo. Pero hay condiciones de simetría con los demás mercados (en este caso, Brasil), que tienen muchísimo que ver con definiciones que da exclusivamente el Estado”, diagnosticaba.

Dos años más tarde, aún no estaba claro si las 400 personas licenciadas volverían a la planta.Para hablar de FATE, hay que entrar en un tema más complejo. Hay que definir qué tipo de administración de comercio habrá. Cuando uno quiere exportar impuestos e importar promociones, el mundo no perdona. Y nosotros tenemos una gran tendencia a eso”, advertía. Sabía de lo que hablaba: FATE Electrónica llegó a tener 1400 personas en los ‘70. “No quedó nada. Todo eso se perdió. Obviamente, había que ir cambiando; pasar de la calculadora y seguir los pasos mundiales de la informática”, reconocía. “Haber dedicado 50 años de inversión a armar cocinas en Tierra del Fuego tuvo un costo muy elevado. No se aprovechó para hacer un desarrollo de informática, sino un armadero y un negocio genuino de recuperación de cartón importado de Corea”.

Puertas adentro de FATE, también le era difícil plantear condiciones de competitividad en la planta de San Fernando, construida por su padre (Adolfo) y su tío (Manuel) y, alguna vez, la fábrica de cubiertas más importante de la Argentina. “En la industria del neumático, el gremio obedece a una coalición de izquierda. Eso hace que la discusión sea distinta: un diálogo con condicionamientos y verdades absolutas, que alargan la discusión, la búsqueda de algún consenso”.

Premonitorio. Un año después de esa charla, estallaba el conflicto que marcó un antes y un después en la industria del neumático. Cinco meses que llevaron a una paralización total del sector, que arrastró a la industria automotriz y que puso al entonces todopoderoso y recién asumido ministro de Economía, Sergio Massa, en colisión directa con el jefe del Sutna, Alejandro Crespo, temprano e inesperado desafío a sus ambiciones de emparchar la economía y, en consecuencia, una marcha sobre ruedas de su candidatura presidencial.

No es una paritaria lo que se está discutiendo, sino el sistema de trabajo. Y, con eso, si se quiere fabricar neumáticos en la Argentina. Si es algo viable. O no”, decía Madanes en esos tensos días.

El gremio salió envalentonado de esa puja; las fábricas, malheridas. Hace dos años, Bridgestone despidió a las 400 personas que había tomado en 2021 para exportar a los Estados Unidos por la caída de ese contrato: no pudo cumplir debido a los severos problemas de competitividad derivados del conflicto gremial.

Con barrera comercial levantada, tanto la japonesa como Pirelli concentraron producción en modelos para mercado original -es decir, terminales- e importaron el resto. “Con los paros, me están facilitando el ajuste: me evitan las suspensiones porque produzco menos, por la menor actividad de las terminales, e importo lo demás”, se sinceraban en una de las dos. La nacional FATE -con más peso del mercado de reposición que original en sus ventas- no tuvo esa opción.

Para una fábrica que exportaba dos tercios de su producción, a mercados como los Estados Unidos y Europa, la competencia china fue más letal fronteras afuera que adentro. En todo caso, la combinación de caída de consumo doméstico y abrumador ingreso de cubiertas importadas equivalió a perder la frutilla de una torta que la falta de competitividad ya le había comido. Equivalió a que una nueva tormenta se llevara la tabla a la que FATE seguía aferrada después de que el barco ya se había hundido.

Cada vez que, en reuniones con el gremio, FATE advirtió que su situación era terminal, el Sutna minimizó. Apeló -casi cándidamente- a las “ganancias extraordinarias” del grupo Aluar. Como si un empresario fuera, precisamente, alguien proclive a seguir echando billetes al fuego de una goma ardiente. La empresa ya había pedido otros dos PPC: uno, a mediados de 2024; el más reciente, en noviembre de 2025.

Al momento de su cierre, FATE tenía 920 empleados, menos de la mitad que en 2019. Días antes, le mandó una carta documento al Sutna. Denunció el convenio. Avisó que no estaba en condiciones de seguir con el actual régimen de trabajo. Recién cuando recibió las fotos de la planta cerrada en su celular Crespo -ex operario de FATE- lo tomó en serio.

Soy consciente de que voy llegando a un límite. Golpearme la cabeza contra la pared todos los días no es lo que más me agrada. Por ahora, lo hago. Pero, para mí, la curva ya es a la baja…”, se resignaba un Madanes franco, en su café favorito de Martínez. Cinco años después de esa confesión, tenía que volver a poner otro parche, también de u$s 45 millones en una rueda ya reventada. Mejor, “ser liberal” y concentrarse en lo que rinde; en este caso, Aluar. El que avisa no traiciona.

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