Desde antaño, prestigiosos teólogos del catolicismo comprendieron la importancia de la libertad en la economía. Si bien la Escuela de Salamanca (siglos XVI-XVII) no formuló el concepto moderno de “libre empresa”, la verdad es que sentó las bases intelectuales para comprender la libertad económica, el funcionamiento de los mercados y la teoría del valor, influyendo decisivamente en el pensamiento liberal posterior. Formados en la tradición de Santo Tomás de Aquino, se adelantaron a los liberales clásicos. No solo eso: estos pensadores conforman el antecedente directo de la Escuela Austríaca de Economía. Esta última puede leerse como la traducción moderna y secular de las ideas de Salamanca sobre el orden espontáneo: aquel que surge de la libertad y no del diseño humano, donde el mercado coordina la información de manera más eficiente que cualquier autoridad, que pretende tener el conocimiento suficiente para alcanzar lo óptimo.
No obstante, una gran parte del clero entiende que la economía de libre empresa contradice el mensaje católico; lo hace pues interpreta erróneamente que el individualismo liberal es una exaltación del egoísmo. La realidad es que el liberalismo clásico de hombres como Adam Smith busca limitar el poder coercitivo del Estado. Así también, el individualismo de los economistas de la Escuela Austríaca, como Mises y Hayek, es de carácter epistemológico y metodológico. Este enfoque rescata la dignidad y autonomía de la persona individual frente a cualquier planificación centralizada que pretenda subordinarla a objetivos estatales.
Al concentrarse en la problemática social –donde la entendible preocupación por la justicia distributiva suele relegar a un segundo plano la producción de riqueza–, la jerarquía eclesiástica tiende a perder la visión de largo plazo que permite entender la economía de libre empresa.
Pero la Doctrina Social de la Iglesia es clara: remarca que la ineficiencia de un sistema económico es, a menudo, consecuencia de la violación de los derechos humanos a la iniciativa privada, a la propiedad y a la libertad económica. Juan Pablo II señala: “Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas burocráticas”. El papa enseña que el sistema idóneo es aquel que reconoce el papel fundamental de la empresa, el mercado, la propiedad privada y la libre creatividad humana, proponiendo para ello el término “economía de empresa”.
Virtudes como la creatividad, la disposición a asumir riesgos, el emprendimiento y la responsabilidad social son cada vez más valoradas por la Iglesia. No es casual que el empresario Enrique Shaw (1921-1962) se encuentre en proceso de canonización, como testimonio elocuente de esta vocación empresarial.
Ante el debate sobre el denominado “pobrismo”, la Iglesia sostiene que la dignidad humana es intrínseca e independiente de la situación material. Joseph Ratzinger precisa que “la pobreza puramente material no salva”. Afirma, también, que “el corazón de quienes no poseen nada puede endurecerse, envenenarse, ser malvado, codiciando solo bienes materiales”. En esta línea, y pese a las críticas recibidas por su presunto pobrismo, el papa Francisco –en su encíclica Fratelli tutti– reivindica la iniciativa empresarial y la generación de empleo como una “noble vocación” y una expresión de “caridad política”.
La “parábola de los talentos” constituye el fundamento teológico que valida la creatividad y el emprendimiento como motores del desarrollo humano. Juan Pablo II la interpreta como un mandato para poner capacidades y recursos al servicio del bien común, vinculando la prosperidad integral con el derecho fundamental a la libre iniciativa económica.
Economista

