En lo que va de esta semana he escuchado a más de un funcionario hablar del “momento de México en el mundo”. Confieso que mi reacción más inmediata es preguntarme en qué mundo viven. La frase alude a un diagnóstico que se repite con frecuencia. En medio del reacomodo geopolítico, México podría beneficiarse. El comercio global busca rutas alternativas, empresas quieren producir cerca del mercado estadounidense y es probable que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no sólo sobreviva a su revisión, sino que incluso se amplíe.
Si el tratado incorpora temas como minerales críticos, México consolidará una posición privilegiada. Pocas economías combinan acceso preferencial al mayor mercado del mundo, una base industrial amplia y proximidad con Estados Unidos. La geografía del país siempre ha tenido esa doble cara. Por un lado, expone a México a las tensiones de su poderoso vecino; por otro, abre oportunidades únicas. El viejo refrán lo resume bien: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.
Al menos en lo que se refiere al T-MEC, esa cercanía hoy juega a favor. Washington quiere reforzar su espacio económico frente a China y a otras economías asiáticas. El lenguaje del comunicado que anunciaron México y Estados Unidos sobre el inicio de la revisión del T-MEC es clarísimo. Reducir la dependencia de importaciones externas, fortalecer reglas de origen y asegurar las cadenas de suministro norteamericanas.
Hasta ahí la parte convincente del argumento.
El problema aparece cuando los funcionarios convierten ese escenario potencial en una especie de triunfo consumado. Cuando hablan del “momento de México en el mundo” evocan un optimismo que recuerda demasiado al lenguaje del sexenio de Peña Nieto. Ignoran, además, que la imagen dominante de México en el exterior no es la de una potencia manufacturera ni la de un socio estratégico de América del Norte. Es la de un país capturado por la violencia de los cárteles de la droga… del Chapo, del Mayo, del Mencho.
Las imágenes que circularon hace apenas unas semanas sobre lo ocurrido en Jalisco lo recordaron con crudeza. Hace apenas unos días, el presidente estadounidense describió a México como el epicentro de los cárteles de la droga. La afirmación es dolorosa, no sólo por lo que implica para la imagen del país en el exterior, sino por la verdad que contiene. El crimen organizado y la violencia forman parte de la realidad nacional. Todos lo sabemos. Negarlo no cambia nada.
Es cierto que hay oportunidades para México en el nuevo orden económico. Pero también lo es que el país atraviesa por una crisis de seguridad que erosiona su posición en el mundo y que, al menos en el corto plazo, se antoja difícil de corregir. Personalmente, hago votos porque el Mundial de fútbol de este verano transcurra en calma.
La miopía suele reflejarse en el lenguaje. Si algo conviene cuidar en la vida pública son las palabras. Bueno sería que los funcionarios se rodearan de profesionales que sepan comunicar con mayor claridad. Pero acaso sea mucho pedir.
Los empresarios que escuchan los discursos de políticos y funcionarios no viven de la retórica oficial. Conocen el país. Invierten en él, recorren sus estados y reconocen sus riesgos. Entienden que la violencia, el narcotráfico y los cárteles forman parte de la realidad mexicana. Son factores que ponderan antes de tomar cualquier decisión de inversión.
Desde mi perspectiva, aquello del “momento mexicano” dista mucho de la realidad. Probablemente existe en el imaginario del gobierno porque las cámaras de eco persuaden a quienes viven dentro de ellas. Pero al resto del mundo, no.

