Benito Quinquela Martín entregaba insignia de La Orden del Tornillo a quienes tuvieran "la monomanía del bien y la belleza"Benito Quinquela Martín entregaba insignia de La Orden del Tornillo a quienes tuvieran "la monomanía del bien y la belleza"

Un festival recuerda a La Orden del Tornillo, una hermandad de locos por el arte, la bondad y la belleza

2026/03/18 05:57
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Al mundo le falta un tornillo, eso está claro. Un festival de teatro retoma la idea de Benito Quinquela Martín de premiar a los mejores exponentes: “No todos pueden merecer ser declarados locos honoris causa. Se reserva el collar de la Orden del Tornillo para los que tengan la monomanía del bien y la belleza, y para ceñirlo hay que tener por lo menos un poco de Francisco de Asís y un mucho de Quijote”. Con ese lema creó la Orden más disparatada de la que haya memoria, de la que fue Gran Maestre y con la que reconoció, desde el barrio de La Boca, a artistas de todo rango y en todas las disciplinas con una sinrazón orientada al bien común, el amor al arte, la capacidad de soñar y la elevación del espíritu. Locos eran los de antes.

Para aportar a la causa del tornillo que le falta al mundo los trabajadores del Complejo Teatral de Buenos Aires organizan el Festival del Tornillo, con lógica sede en el Teatro de la Ribera (fundado por el artista al lado de su casa, hoy museo), que este sábado culmina con una jornada de teatro para adultos y para niños, danza, cortometrajes y un taller participativo de mosaiquismo.

Benito Quinquela Martín en 1974, cuando todavía premiaba la

Escribe el historiador Walter Caporicci Miraglia en El hombre que fue nosotros (la biografía de Quinquela publicada en 2018 por el museo) que la orden se fundó el 18 de abril de 1948, cuando el ceramista y “poeta de la pátina” Lucio Rodríguez le llevó al pintor un ferruginoso tornillo (que era en realidad de material plástico patinado) y le dijo: “Tome maestro, por si le hace falta”. Desde entonces y hasta su muerte en 1977, se celebraba la cena de la Orden donde se servía como único plato tallarines de colores y pastafrola y se ungían nuevos miembros de la hermandad con la consigna: “Este tornillo no los volverá cuerdos, muy por el contrario, los preservará contra la pérdida de esa locura luminosa de la que se sienten orgullosos”.

Hubo más de 300 “atornillados”, entre artistas, escritores, músicos, periodistas, cantantes, científicos, magistrados, diplomáticos, estadistas, benefactores, sin importar su jerarquía sino por elevación espiritual: Tita Merello, Mariano Mores, Luis Sandrini, Francisco Canaro, Alberto Ginastera, Antonio Porchia, Fortunato Lacámera, Miguel C. Victorica, Charles Chaplin (la recibió su hija Geraldine), Fernán Félix de Amador y Conrado Nalé Roxlo, entre otros.

Para las ceremonias de La Orden del Tornillo, las tertulias que organizaba Benito Quinquela en su casa los domingos, el pintor se ponía un frac naval con botones de tornillos

Son leyenda esos domingos en los que al caer la tarde se realizaban las reuniones en la Vuelta de Rocha, en su estudio del tercer piso del Museo Quinquela. El living se acondicionaba para multitudes de artistas “que se mueven en un mundo que no siempre los comprende”, y se reunían para “evadirse todos de la multitud de cuerdos de discreción calculadora o de sensatez egoísta”, decía Quinquela, según relata la biografía de un cofrade, Andrés Muñoz.

Sobre tablas grandes colocadas sobre caballetes a modo de mesa, se disponía papel madera por mantel. La puntualidad era bien cuerda: a las 21.01 se servían los spaghetti de colores con salsa de tomate y pan colocado directamente sobre la mesa. Para beber, vino tinto, preferentemente mendocino en jarras pingüino. Luego, pastafrola o tarta de ricota y a las 21.45 horas se tomaba café.

A continuación ­-continúa Caporicci Miraglia-, Quinquela vestido con su pintoresco frac naval con tornillos como botones y sus condecoraciones, a su decir, “ganadas en mil batallas contra el hastío”, realizaba la ceremonia de la entrega del tornillo, donde luego de una serie de humoradas le otorgaba al elegido un diploma firmado por él y los asistentes al acto, y le daba la preciada condecoración consistente en un collar con un gran tornillo que se le colgaba en el cuello y otro pequeño tornillo que se le colocaba en la solapa del saco, que hacía de insignia: “Luciendo mi uniforme de gran maestre, con abundancia de jalones y orlado de simbólicos tornillos, entrego a los nuevos miembros de la Orden el diploma que los acredita como tales y coloco con aparente solemnidad la preciada condecoración, consistente en un tornillo dorado, que pende de un cordón de color”, expresaba Quinquela. Luego, giraba al candidato, dejándolo de espaldas a él. Con un bastón de mando le pegaba en la nuca y le decía: “Ya estás atornillado, pero no te lo ajustes demasiado que es conveniente llevarlo flojo”. A las 22.30 se sacan las mesas para disfrutar en ronda de la guitarra y el piano. Se entonaba alguna zamba y alguien recitaba, y a las 23.30 en punto el Gran Maestre ponía a todo el mundo de patitas en la calle. Todo en su justa medida y armoniosamente. Locos lindos.

La noticia de la Orden fue difundida, y cuando Quinquela viajaba a inaugurar exposiciones de sus pinturas, visitaba también filiales de la Orden instauradas por fervientes seguidores en Santa Fe, Córdoba, Rosario, Bahía Blanca, Rafaela y Tres Arroyos. La fama llegó tan lejos que un día recibió una carta del Vaticano, donde le pedían explicaciones de la nueva orden. Quinquela respondió: “Perseguimos finalidades de carácter espiritual y buscábamos la hermandad de los cultores del arte, enamorados del ensueño, que nos acerca a Dios”.

Víctor Fernández, director por años del Museo Quinquela y estudioso del artista, señala: “Esa ceremonia tiene mucho que ver con el ADN del barrio y de las apuestas de Quinquela. Es la celebración del color, la celebración del otro lado de la vida. No es casual que las insignias de Quinquela fueran el color. El color en esa época era la expresión de lo pasional, de lo no del todo razonado, en antagonismo con el imperio de la forma, normalmente de colores neutros o blancos. Es pararse desde el otro lado, desde el lado de la sin razón, pero no de cualquier locura. Ellos la llamaban locura luminosa, que es la que fructifica en beneficio de los demás”.

Segunda edición del Festival El Tornillo

Hasta el sábado 21, en el Teatro de la Ribera (Av. Don Pedro de Mendoza 1821), sobre el escenario que Quinquela le regaló a Buenos Aires, se desarrolla el Festival El Tornillo, un proyecto realizado por los trabajadores del Complejo Teatral de Buenos Aires (CTBA), acompañados por su dirección general y la delegación gremial. En esta segunda edición, el festival convocó a la comunidad del Complejo Teatral a presentar sus proyectos de arte en las categorías Teatro, Danza, Títeres, Música, y a participar a través de los distintos oficios teatrales que componen esta actividad.

El sábado, de 14 a 18.30, con entrada gratuita habrá funciones de teatro y danza contemporánea. Más información en el sitio complejoteatral.gob.ar.

Entrada sin costo, y siempre en el escenario del Teatro de la Ribera (Av. Don Pedro de Mendoza 1821).

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