Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, Reino Unido/Estados Unidos/2026). Dirección: Emerald Fennell. Guion: Emerald Fennell, Emily Brontë. Fotografía: Linus Sandgren. Edición: Victoria Boydell. Elenco: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Alison Oliver, Shazad Latif, Martin Clunes, Ewan Mitchell, Amy Morgan. Calificación: Apta para mayores de 16 años con reservas. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 136 minutos. Nuestra opinión: buena.
Los sonidos de la muerte se asemejan a los del placer erótico. Esa es la idea inicial de la directora Emerald Fennell en el acercamiento a una novela clásica que parecía haber agotado todos los caminos posibles de adaptación. ¿Qué transposición puede ser interesante, original? ¿Cómo se puede volver a filmar hoy Cumbres borrascosas? En los primeros minutos está la respuesta. Con trazos de ejemplar gótico y novela de iniciación adolescente, Emily Brontë logró con su única pieza narrativa un lugar único en el imaginario femenino, ya que no hay joven de la edad que sea que no haya fantaseado con Heathcliff en su despertar sexual. O que en su temprano contacto con la literatura no haya imaginado los contornos de una pasión que fue concebida para su transcendencia y, a la vez, para su carnalidad. Eso es lo que cree con fervor Fennell, poniendo en pantalla su propia lectura de un libro tan popular, esquivando las directrices de sus antecesores, e incluso traicionando en la letra impresa en el siglo XIX.
Ni el gótico clásico heredero de Universal, que nutrió la versión de William Wyler en los tardíos años 30, con un Heathcliff prolijo y atildado en la piel de un jovencísimo Laurence Olivier. Ni la arrebatada necrofilia de la versión de Luis Buñuel bautizada Abismos de pasión en su etapa mexicana. Y -por suerte- lejana del academicismo indiferente de la versión de Peter Kominsky con Ralph Fiennes y Juliette Binoche en los 90. La mirada de Fennell tiene más de picardía que de audacia, y es cierto que no consigue llegar al pulso experimental de la versión de Andrea Arnold de 2017, pero sostiene con más convicción que destreza cada una de sus decisiones, equivocadas o no.
De hecho, esta Cumbres borrascosas no le teme al desenfadado del melodrama más kitsch, al gusto por una dirección de arte que se hace autónoma y engolosinada, a la exploración de personajes ridículos y grotescos -como la divertida composición de Alison Oliver sobre el molde de Isabella Linton-, y al gesto consciente de unir amor y muerte, celos y sacrificio, una villanía convencida de la falta de respuestas para su origen.
Sin embargo, Cumbres borrascosas evidencia algunos problemas que Fennell ya había insinuado en sus dos películas anteriores, Hermosa venganza (2020) y Saltburn (2023). Las ideas de la guionista y directora británica a menudo gravitan por fuera del relato, buscando desde la periferia su forma de inserción. En la primera, era la deconstrucción de los relatos de violación y venganza desde un prisma que coagule el gore en su reflexión; en Saltburn, eran las tensiones de clase reformuladas en un juego de atracciones y rechazos. En esta, la raigambre de un erotismo tanático, nacido del propio lecho de muerte de todas las Brontë, pero síntoma de una época en la que la agonía, la explotación y la crueldad eran un espectáculo tan humillante como seductor. En todas las películas pesa más la sintonía del relato con la época -también la nuestra- que el cierre de su lógica interna, por ello en Cumbres borrascosas asoman problemas narrativos -sobre todo en la elipsis de cinco años hasta el regreso de Heathcliff-, un montaje atropellado y videoclipero, y escenas diseñadas para un efecto estético -y promocional- que limita su condición dramática.
Margot Robbie y Jacob Elordi encarnan estas versiones egoístas y caprichosas de Cathy y Heathcliff con la autoconciencia de su propia condición de “estrellas”, y a la vez de esa pasión que parece justificarlo todo, incluso el pesar que reparten a los que orbitan a su alrededor. Por ello, el gran hallazgo de esta versión es la reconversión de Nelly, una de las narradoras del libro -interpretada por la extraordinaria Hong Chau en su madurez y por la joven Vy Nguyen en su adolescencia-, en un oráculo maldito, la hija bastarda y solterona que acoge el patriarca Earnshaw para convertirla en la mascota de su hija. Es ella la voz secreta de las tensiones de clase y desigualdades de origen que en la novela cristalizaba el hermano de Cathy, Hindley, encarnación del poder del linaje y la arbitrariedad de los privilegios. Al desaparecer Hindley de esta versión, el padre asume su condición de monstruo y patrón, y sus hijos -verdaderos y putativos-, el peso de una maldición que habita en las entrañas de ese promontorio de Yorkshire.
Fennell esquiva la condición fantasmal del gótico para insistir en su carnalidad, en un erotismo que deja de ser larvado para convertirse en venal y exhibicionista, con su sangre esparcida, sus gemidos resonantes, erecciones que marcan el tenue límite entre el goce y la agonía. Hacia allí transitan los condenados y toda la imaginería plástica de Fennell, deudora de algunas de las ideas visuales de Tim Burton -en versión adulta-, que anhela capturar esa fascinación por las ruinas y la podredumbre que anida en las vísceras medievales del gótico, antes que su sublimación etérea o trascendental. Los muertos esparcen el hedor con el mismo ardor que los amantes sellan su trágico destino.