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Ginette Reynal, a los 66: revela cómo logró vencer sus adicciones y habla del paso del tiempo, su pasión por la pintura y el amor

2026/03/04 14:00
Lectura de 8 min
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Ya hace dos años que vive en su nuevo departamento de Nordelta. Allí, Ginette Reynal (66) construyó su refugio colmado de arte, color y corazón. Hay cuadros pintados por ella, pequeñas esculturas y retratos de amigos artistas. Enseguida llaman la atención las ilustraciones de mariposas que se imponen en el living. “Y esto no es todo. Tengo arañas, serpientes, insectos… me encantan, me parecen bellos.

Gina frente a algunas de sus obras y retratos regalados por sus amigos artistas. “Me gusta trabajar en abstracto porque la mancha parece fácil, simple a primera vista, pero la realidad es que para llegar a la mancha hay que lidiar con sentimientos y recuerdos que no siempre te ponen bien”, explica la artista, que expondrá sus obras en la muestra colectiva “, explica

Siempre me atrajo ese mundo, no sé por qué, pero todas aquellas cosas que parecen feas o dan miedo yo las encuentro llenas de belleza. Creo que tiene que ver un poco con mi personalidad”, dice. Por estos días, se prepara para volver al teatro con la nueva obra de José María Muscari, Doradas.

–¿Y cómo es tu personalidad?

–Me gusta encontrar cosas lindas en todo lo que es extraño. Soy así, me encantan las personas raras, las diferentes y me copan los espectáculos que se corren de lo tradicional. Por eso supongo que me gusta tanto trabajar con Muscari, porque siempre me empuja a hacer algo distinto a lo que se espera de mí, ¿entendés? Yo, que soy una chica paqueta, educada en un colegio inglés, que habla tres idiomas, debería estar haciendo –según la gente– una obra de Molière o Shakespeare y, sin embargo, no. Hago una obra performática como lo fue Sex y toco la fibra más íntima del público.

Con una sonrisa, Gina comparte uno de sus tesoros: El libro de las sombras, una selección inédita de más de trescientas pinturas, dibujos y grabados de espectros, hadas y brujas que le regaló su hermana Madeleine

–Entonces tus elecciones tienen que ver con lo que de verdad te gusta hacer y no tanto por rebeldía.

–Son las dos cosas. Reconozco que tengo una rebeldía innata. Ahora estoy más tranquila porque tengo muchos años de terapia, pero antes era un kamikaze. Por una cuestión cultural y de educación a veces no nos permitimos decir cosas que pueden sonar raras o diferentes. A mí me sale naturalmente, pero con el tiempo tuve que aprender a dosificar esa manera mía de ser y aceptar que el otro no quiera escuchar lo que tengo para compartir.

Ginette, multifacética, en un rincón del living de su casa. Nos cuenta que vuelve a subirse a un escenario con la nueva obra de José María Muscari, Doradas, el 19 de marzo en el Teatro Nacional Cervantes. “Junto a otras cuatro actrices nos juntamos con él el año pasado, charlamos y con esas entrevistas e improvisaciones él las volcó a la inteligencia artificial para darle forma a esta obra performática. Me gusta seguir apostando a lo nuevo, a lo experimental”, adelanta

–O tal vez no sea el momento de esa persona para escuchar tus palabras…

–Tal cual. Eso me lo enseñaron mis hijos, ellos me marcaron mucho esos límites. Mía, que es una chica sencilla, escritora, actriz, directora, eligió el arte, pero hizo un camino completamente distinto al mío. Y ella siempre me lo hizo notar. Por ejemplo, nunca se quiso poner nada de lo que yo le sugería que vistiera. De entrada, me puso distancia. Con el tiempo, muchos años después, lo entendí. Me hubiera encantado entenderlo en el momento porque le habría dado otras alas.

En la terraza con vista a la Bahía Grande de Nordelta, nos muestra su pequeño jardín de rosas y pasionarias

–Recién hablaste cómo con Sex movilizabas al público…

–Es que el arte es movilizador. Me acuerdo que en Sex, mujeres de 60 y pico me esperaban a la salida y me decían: “Me abriste la cabeza, hiciste que mi marido deje de verme como una vieja y pueda conectarme con mi yo mujer”. A mí me parecía fantástico. Siempre me consideré una mujer sumamente libre e independiente y creo que está bueno liberarnos en la medida que una pueda y se lo permita. Hay algo del afuera que pareciera dictaminar cómo tiene que ser la mujer de 60: cómo actuar, cómo vestirse, que el pelo largo no, que el vestido corto no. Yo soy más partidaria de que si una siente que se puede poner el vestido que a una le gusta, ¿por qué no?

“Ya no me importa lo que piense el otro de mí, no me someto más a eso. Hoy mi mirada frente al espejo pasa por un conjunto de cosas donde la comodidad y lo estético cobran más protagonismo”, dice

–En unos días vas a sumar tus pinturas en la exposición colectiva “Mujeres al borde”. ¿Qué es lo que encontrás en este mundo creativo?

–Disfruto mucho el proceso, que a veces es muy relajante y calmante. En otros momentos, es más angustiante, pero siempre es diferente en cada etapa. Me gusta trabajar en abstracto porque la mancha, si bien parece algo fácil a simple, no lo es. En el medio aparecen un montón de sensaciones, sentimientos, recuerdos, cosas que a veces te ponen bien y otras te ponen mal.

A los 66, Ginette posa orgullosa en traje de baño. “Cuando te vas poniendo más grande te das cuenta de que no todo pasa por estar perfecta y curvilínea, pasa por estar bien cuidada, bien mantenida, hacer ejercicio, comer bien. Ya no quiero ser un objeto”, asegura.

–¿Qué hay en tus pinturas?

–Mis obras reflejan todo lo que siento dentro de la panza, del corazón, la cabeza. El proceso creativo siempre tiene que ver con enfrentar esas cosas que no nos permitimos sentir y que durante la vida vamos maquillando. Yo tuve que atravesar mis propias inseguridades y el miedo a ser juzgada.

–En tus redes sociales, compartís tus reflexiones y te mostrás sin maquillaje.

–Es que a mí me gusta mostrarme tal cual soy. Después de todo lo que pasé – como la enfermedad y muerte de mi marido Miguel [Pando], el reconocimiento de mis adicciones–, siento que logré despojarme de un montón de cáscaras que llevaba encima, innecesarias. Y hoy puedo empezar a vivir la vida desde un lugar más libre, más auténtico, más yo.

–¿Qué es lo que ves cuando te parás frente al espejo?

–Encuentro una imagen que me agrada mucho. Estoy bien. No te miento si te digo que me estiraría un poco acá. [Se señala al lado de los ojos]. Ya me hice un minilifting hace tres años y probablemente en un año o dos lo vuelva a hacer. Ojo, no tengo nada de rellenos, evito todo lo que sea tratamientos invasivos. La verdad es que estoy muy contenta con lo que veo en el espejo cada mañana. No tengo ningún problema si uso un vestido ajustado y se me ven los rollitos normales de una mujer de 60. Ya no me importa lo que piense el otro, no me someto más a eso. Hoy mi mirada frente al espejo no pasa por la belleza, sino por un conjunto de cosas donde la comodidad y lo estético cobran más protagonismo. Cuando te vas poniendo más grande te das cuenta de que no todo pasa por estar perfecta y curvilínea, pasa por estar bien cuidada, bien mantenida, hacer ejercicio, comer bien. Ya no quiero ser un objeto.

En sus tiempos de modelo, junto a su hermana Madeleine y su íntimo amigo Javier Lúquez

–Recién mencionaste lo difícil que fue reconocer públicamente tus adicciones. ¿Te amigaste con tu pasado?

–Sí, son los beneficios secundarios horribles de cuando te pasan cosas feas. Te rompés toda y cuando te volvés a armar, vos elegís cómo te parás de acá en más. Yo tuve que aprender a perdonarme y a aceptarme. La adicción es una enfermedad que alcanza a toda la familia y vos sos sólo el síntoma.

Con sus hijos, Mía y Martín Flores Pirán –fruto de su matrimonio con José Manuel Flores Pirán– y Jerónimo Pando, que tuvo con su último marido, Miguel Pando Soldati

–¿Tu enfermedad afectó la relación con tus hijos [Mia, Martín y Jéronimo]?

–En su momento, sí, por supuesto. Dañó mi vínculo con ellos y fue durante mucho tiempo. Gracias a Dios, salí porque ellos fueron los que me dijeron: “Basta, mamá, hacé algo”. Ya tenían bastante conciencia de lo que estaba pasando. A partir de ahí, hice un caminito para mi proceso de sanación a través del programa de Narcóticos Anónimos y Alcohólicos Anónimos. Junto a tu madrina, que conocés en el grupo, vas sanando, escribís en un cuadernillo y hacés los 12 pasos, uno de ellos es pedir perdón a las personas que les hiciste daño, enmendar el daño. Por suerte, no soy orgullosa, no me cuesta pedir perdón.

–¿Seguís yendo al grupo?

–Sí, claro. La adicción es una enfermedad que no se cura. Se detiene, pero no se cura. Sé que toda mi vida voy a ser adicta.

–Tu hija Mía cumplió 36 años hace unos días. ¿Cómo la encontrás hoy?

–La admiro, la escucho, la observo. Es sumamente moderna en su pensamiento, en su forma de ser y me maravilla verla como madre. Por suerte, hemos trabajado mucho nuestra relación, somos muy compañeras hoy. Tuvimos grandes peleas y sufrimos mucho. Lo que pasa es que cuando sos adicta y madre al mismo tiempo, sentís muchísima culpa. Entonces para contrarrestar esa culpa, me convertí en una madre exacerbadamente dadora y presente, muy encima de ella. Ahí es cuando te digo que ella me puso límite. “Pará un poquito. Ya soy grande, soy mi propia mujer”. Y eso para mí significó mucho, fue muy importante que me enseñara eso.

–¿Cómo te llevás con tu rol de abuela? [Mía es mamá de Ramsés Ortega].

–Estoy en un lugar de disfrute absoluto. Los abuelos son los padres que no están apurados. [Se ríe]. Él es un bombón, me dice “Abu Gina”. Vamos al cine, leemos un libro, lo llevo al teatro… Me gusta sacarlo de los dispositivos e incentivarlo a construir su propio criterio. Todo el tiempo le pregunto “¿Qué fue lo que más te gustó?”, “¿Por qué?”.

–¿Te imaginás enamorada otra vez?

–Enamorada como estuve antes, no. Porque creo que el amor también es una construcción y también a medida que una va madurando, se vive distinto. La verdad es que no creo que me vuelva a enamorar como me enamoré de Miguel, mi marido. No sé, no te lo podría decir… hasta ahora no me pasó. Ojalá suceda.

–¿Cómo te llevás con la soledad?

–Me llevo bárbaro. Hoy tengo mi vida muy armadita, estoy bien sola, no sufro, no la paso mal, no me deprimo por eso. No te voy a negar que a veces, cuando llego tarde a casa, me gustaría tener a alguien que me esté esperando. Me encantaría, pero no es algo que me quite el sueño.

–¿Cuál es la cosecha del recorrido que te trajo hasta acá?

–La simpleza. Todo lo que pasé me ayuda a vivir la vida sin grandes expectativas. Hoy sólo trato de estar presente en el presente.•

Agradecemos especialmente a Gerard Confalonieri por la producción; Juan de Cerini; Chocolate, The Truth.

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