La reunión del Consejo Nacional de Morena dejó definiciones significativas rumbo a las elecciones de 2027, pero también abrió interrogantes sobre la dinámica interna del partido gobernante y sobre la forma en que se desarrollará la competencia política en los próximos meses.
El primer punto a destacar es el mecanismo que, en los hechos, permitirá el arranque anticipado de las campañas por las gubernaturas que estarán en juego en 17 entidades del país. Bajo la figura de “coordinadores estatales de la Cuarta Transformación”, Morena comenzará a perfilar a quienes serán sus cartas destacadas en cada estado.
La fórmula no es nueva. Ya fue utilizada en procesos anteriores y consiste en designar coordinadores territoriales que, formalmente, tienen la tarea de fortalecer la organización del movimiento. En la práctica, sin embargo, se convierten en aspirantes visibles que recorren sus estados, posicionan su imagen y construyen estructuras políticas con miras a la elección constitucional.
Así, en cuanto se definan estos nombramientos, arrancará de facto una etapa de promoción política que funcionará como campaña adelantada. Los coordinadores tendrán la ventaja de aparecer como representantes del proyecto de la Cuarta Transformación, lo que les permitirá consolidar presencia territorial y proyectarse ante el electorado con varios meses de anticipación.
Este escenario explica en buena medida la intensidad de la disputa interna que ya comienza a sentirse dentro del partido. Y aquí aparece el segundo tema relevante que dejó la reunión: la unidad partidista y los riesgos de fractura.
En Morena se repite cada vez con mayor frecuencia una frase que refleja una realidad política conocida: el mayor adversario del partido suele estar dentro del propio partido. La competencia por candidaturas, posiciones y espacios de poder genera tensiones entre los distintos grupos que conforman el movimiento.
No se trata de un fenómeno exclusivo de Morena; es una constante en los partidos que concentran amplias cuotas de poder. Sin embargo, cuando las expectativas de triunfo son altas —como ocurre hoy con el partido guinda—, las disputas internas se intensifican.
El partido en el poder tiene adentro su caballo de Troya.
Las 17 gubernaturas en juego representan uno de los botines políticos más significativos del próximo ciclo electoral. Cada aspirante cuenta con respaldos regionales, alianzas internas y padrinazgos políticos que inevitablemente entrarán en competencia. La capacidad del partido para procesar esas diferencias sin fracturarse será una de las pruebas más relevantes de cara al proceso electoral.
A estas tensiones se suma un tercer elemento que influye en la dinámica interna del movimiento: la coexistencia de dos liderazgos políticos de considerable peso dentro de la llamada Cuarta Transformación.
Por un lado, se encuentra la presidenta Claudia Sheinbaum, quien hoy encabeza el gobierno federal y representa la conducción institucional del proyecto político. Por otro franco, permanece la figura del fundador del movimiento, Andrés Manuel López Obrador, cuyo liderazgo histórico continúa teniendo una enorme influencia entre las bases del partido.
La presencia simultánea de estos dos referentes genera, de manera natural, alineamientos y lealtades dentro de las distintas corrientes del partido. Aunque públicamente existe coincidencia en el proyecto político, en la práctica los distintos grupos interpretan las señales de poder y buscan ubicarse estratégicamente dentro de la nueva etapa del movimiento.
El cuarto punto que comienza a perfilarse en el horizonte electoral tiene que ver con las alianzas. En particular, con la continuidad —o no— de la coalición que Morena ha mantenido con el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México.
Todo indica que la relación política entre estos partidos se mantendrá, aunque no necesariamente bajo un esquema uniforme en todo el país. En la práctica, la coalición podría reproducir el modelo que ya se ha visto en otros procesos electorales: alianzas selectivas dependiendo de las condiciones políticas de cada entidad.
Es decir, en algunos estados se mantendría la fórmula de competir juntos bajo una misma candidatura, mientras que en otros cada partido podría optar por presentar aspirantes propios para fortalecer su presencia local o negociar posiciones futuras.
El mismo cálculo podría aplicarse en la elección de diputados federales. Morena, el PT y el Verde tienen incentivos para preservar la mayoría legislativa en la Cámara de Diputados, por lo que no sería extraño que el entendimiento político continúe en varios distritos estratégicos.
Las decisiones finales se irán perfilando conforme avance el calendario electoral y se definan los nombres de quienes encabezarán las candidaturas estatales. Pero algo es claro desde ahora: la batalla política dentro de Morena se recrudece y falta más de un año para las elecciones intermedias.
La reforma electoral que se cocina en San Lázaro será el cedazo por el que pasará la factibilidad de la coalición oficialista entre Morena, PVEM y PT y a partir de allí se esclarecerá el panorama político-electoral.


