Con sus infaltables anteojos espejados, vestida con un overol de seda que recrea una de sus obras de múltiples colores, Marta Minujín luce como una estrella de rock en la previa del Lollapalooza. Un hombre se acerca a pedirle un autógrafo mientras ella supervisa bajo el sol del mediodía la instalación de dos esculturas inflables de varios metros de alto que participarán este fin de semana del festival en el Hipódromo de San isidro.
Cuando vivió en Nueva York, entre mediados de las décadas de 1960 y 70, la artista visual más popular de la Argentina conoció a Jimi Hendrix, John Lennon y Janis Joplin, con quien paseaba por el Central Park. Y en 1969 convocó a Luis Alberto Spinetta para participar en el Instituto Torcuato Di Tella de La Imagen Eléctrica, un encuentro que incluyó música electrónica e imágenes psicodélicas. “Miles de personas avanzaban extasiados por un ambiente mágico que los transportaba a un mundo diferente”, recuerda en su cuenta de Instagram, con 332.000 seguidores, junto a una fotografía que registró aquel momento.
“Me conecto mejor con los músicos que con los artistas –confiesa a LA NACION-. Porque son seres comunicacionales. Su acto es comunicar y hacer a la gente bailar, soñar, pensar. Y la música le llega a todo el mundo. Por ahí a la gente que le gusta el folklore no le interesa el rock, pero por ejemplo el malambo me parece una cosa interesantísima. La gente que se mueve bailando el malambo es algo de locos”.
De chica, recuerda, frecuentaba el Teatro Colón, donde dibujaba la orquesta desde el palco de su abuelo o desde el “paraíso”, el último nivel de la sala. A fines de la década de 1950 pintaba cuadros inspirada en la música clásica que escuchaba de Bach, Vivaldi, Beethoven, Händel, Sibelius. Y ahora, con 83 años recién cumplidos -aunque ella dice sentirse de 25-, planea visitar el Lollapalooza con sus hijos y nietos.
“Acá viene gente sobre todo de 15 a 20 años. No me conocen porque son muy jóvenes. Entonces me encanta, porque me van a conocer”, señala mientras posa para las fotos en uno de los recovecos de sus esculturas con rayas de colores, que también incluirán música: al pasar por allí se podrá escuchar el canto de aves autóctonas. “Es maravilloso que los que los pájaros canten porque sí”, observa.
Con el mismo entusiasmo se refiere a sus esculturas inflables. “Son uno de mis inventos más fantásticos, y creo que mucha gente me va a copiar –señala-. Porque descubrí cómo trasladar mis obras a todas partes sin que sea tan engorroso. Todos los países empezaron a pedirlas, todo el mundo las ve, pueden viajar en avión, se arman en unas horas y para asegurarlas los precios no son exorbitantes. Cada una pesa 120 kilos, igual que una escultura chica de bronce. Aparte, les dan muchísimo placer a la gente: acá tienen sombra y se pueden acostar a dormir”.
Sus formas entrelazadas, rayadas y de colores, son de hecho una continuación de los colchones usados que recogía a principios de los años 60 por las calles de París y pintaba a mano para hacer sus primeras ambientaciones. En 1963 creó La Chambre d’amour junto al artista holandés Mark Brusse y al año siguiente ganó el Premio Nacional Di Tella con sus obras ¡Revuélquese y viva! y Eróticos en technicolor.
La primera estructura inflable llegaría medio siglo después, cuando instaló El árbol de los deseos en Florida 1000. Esta es la tercera vez que se presentan en Lollapalooza, después de haber llegado a conquistar Times Square. Una de las que se podrán ver este fin de semana es Golosina emocional, exhibida el año pasado en el Miami Design District. Y la otra es una pieza nueva titulada Escultura de los sueños azules, de nueve metros de altura, similar a la que acompañó la muestra Latinoamericano en el Museo Nacional de Qatar. “Con otros colores y otras rayas, o si las acuesto, cambian totalmente”, señala Minujín, que presentó otras versiones en la plaza junto al Malba, en la explanada del Palacio Libertad, en el Roma Convention Center y en la Pinacoteca de San Pablo.
Desde el viernes hasta el domingo, las esculturas de Minujín convivirán en el Hipódromo de San Isidro con otras dos obras monumentales: Lazo magnético, un “portal luminoso” creado por Daniel Basso, y Woo Pavilion, una estructura transparente creada por los arquitectos Sebastián Adamo y Marcelo Faiden cuyo interior irá cambiando de color. Por otra parte, gracias a una alianza con arteba, una vez más se presentarán cabinas de DJs intervenidas por artistas que participaron de las secciones Stage y Utopia en las dos últimas ediciones de la feria: Ainelén Bertotti Burket, Damián Linossi y Bruno Rodriguez Maraude.
Lollapalooza, del 14 al 16 de marzo en el Hipódromo de San Isidro (Av. Bernabé Márquez 700). Entradas desde $75.000 en www.lollapaloozaar.com.

